Los techos de la casa son altos como la fiebre
Hasta aquí llegan los barcos de la euforia
y entonces mis gritos te detienen.
Te hablo desde ese otro sitio,
te digo de mi abuelo que en una cantina
perdió la memoria, las ganas de volver a caminar,
la familia.
Debajo de la cama respira un gato
y la enfermedad me persigue con todas sus canciones.
El ruido del baño,
el universo de la comida
que se mezcla dentro de mí.
No es la fiebre quien habla por mi boca:
es ese otro fuego que me crece entre las piernas.
¡Ese Manuel!
Me cuenta Manuel que ese día estaba echado en la hueva total, despreocupándose de asuntos ajenos y propios. A medida que iba sacando de su chompeta las piedritas que le impedían relajarse, su vista se estiraba y su cuerpo se iba a lo hondo del sillón. Así estaba cuando timbró el teléfono; sus pupilas apenas reaccionaron. El segundo timbrazo fue más largo y tampoco contestó. Apuntalado en el valemadrismo que regía su vida, miró el aparato con desprecio y jactancia, como a un perro atado que le ladra (Parecido al día que me lo topé la primera vez: se pitorreaba de los policías que no pudieron llevárselo a la Delegación por andar meando en la calle. Tenía palancas: su tío era comandante). ¡Puta madre! refunfuñó cuando le rezumbó el tercer timbrazo. Igual a un hombre que está convale-ciendo, se dobló lento, giró media vuelta sobre sus nalgas, alargó la mano lo más que pudo y alcanzó el teléfono. ¿Sí, diga?… Cuando colgó seguía siendo el mismo, pero ya no se acostó: se quedó sentado, con una ceja más arriba que la otra y el auricular en la mano… Le había llamado la hermana de su esposa, con quien apenas si cruzaba palabra. Primero lo saludó muy normal. Luego le preguntó si recordaba, de cierto convivio navideño, la vez que él ofreció apoyarla en cualquier cosa que necesitara. Sí, dijo él, ¿qué pasa? En un tono más serio, ella respondió que había platicado con su novio (el Güero, precisó) y coincidían en que él era una persona abierta y confiable (y ahí yo me reí, pues sabía que más bien era conchudez lo primero y quién sabe lo segundo), que todo sería discreto y que, pa pronto: quería cumplirle la fantasía a su novio de compartirla con otro hombre (así dice que le dijo: fantasía, que él se lo pidió). Hasta el día exacto y la forma de operar le pusieron en bandeja: en la fiesta de quince años de su otra hermana saldrían por un pomo (siempre se acaban, puntualizó ella), y dirían que luego los había detenido la patrulla (luego sucede, reforzó). En la casa del Güero lo harían, aclaró al final. Por eso es que Manuel no puso inmediatamente el auricular en su lugar, luego de responder (quién sabe por qué) yo creo que sí, que estaba choncho y que gracias… Es una llamada de oro, le digo a Manuel después de todo esto que me cuenta, nunca pasa. ¡Perro desgraciado!, termino diciéndole al sentir el retortijón de la codicia.
La sonrisota en su cara tres semanas después me hace adivinar que la tríada había consumado la faena. Me sorprende que esté así tan de buenas y no encabronado o triste, pues hacía un par de horas su esposa lo había mandado a ese lugar que nombran La Chingada, por valeverguista y pendenciero; pero no, aquí está, campante y bien puesto para contarme el desenlace de su historia. Entonces pongo atención: en la fiesta de la quinceañera (que por ahí andaba como princesa, me dijo con sorna y malicia) lo abordaron. Estaban en un nivel más alto que la pista donde se celebraba el bendito cambio de niña a mujer y podían apreciar bien todo el espectáculo. Pero no lo hicieron. Sólo el Güero habló. Le dijo prácticamente lo mismo pero con una variante: que la idea había surgido de ella, y quería complacerla (en este momento Manuel esperaba una aclaración explícita de parte de ella, pero la sonrisa cínica y hermosa que recibe me hizo entender, ¿eso qué importaba?). Yo sé que ella te gusta, añadió el Güero, quedo y convincente. Y que nunca nadie se enteraría, le aseguró al final. Manuel cotejó mentalmente el desmadre que se armaría (si las cosas tomaban mal rumbo), con la invualuable experiencia que se le estaba presentando. Hizo cálculos. El riesgo era grande, pero asintió como si las cuentas se configuraran favorables. De algún modo los vio como unos profesionales del ligue (sin complicaciones y seguros, dijo), y creyó haber encontrado verdad en sus palabras.
…Con el aviso pertinente de que tienen que salir a comprar una botella que se ajuste a su gusto, se encaminan a la casa del Güero. Vive cerca y van a pie. Durante el trayecto platican de otras cosas, en intervalos de silencios elucubradores. Hasta que Manuel pregunta, ¿traen condón? No, es la respuesta, pero no te apures, estamos bien. Quiere echar reversa mas no puede, no halla un pretexto decente. Sabe que si en algún momento puede zafarse es justamente este, antes de pisar la casa. De pronto le punza la idea de que el dichoso Güero quiera tener sexo con él, pero resuelve: basta con que le diga que a eso no le atoro, no me puede obligar. Más le inquieta no traer condón y el destino al que se aproxima. Pero ya han llegado y sabe que el momento de rajarse quedó atrás. El breve silencio que se instala en la sala, con los tres ahí parados, es roto por el Güero que anuncia: ahorita regreso, voy al baño. Manuel se sienta en el sillón más cercano y ella se queda parada frente a él, vestida con elegancia y mirándolo con franca cachondería. En este momento Manuel cae en la cuenta de que hasta entonces él no ha hecho absolutamente nada. Sólo se ha dejado conducir por lo que dirían: las circunstancias. Se activa entonces su mecanismo y pone la mano en la pierna de ella, acariciándola ligero y con tiento. Como si la escuchara por primera vez o descubriera su voz verdadera, y a ella misma, mira la pregunta que ella le está haciendo: ¿Qué quieres? Él responde tomándola ahora de la mano, la jala hasta que sus rodillas se posicionan en la alfombra. Se desabrocha-baja el pantalón y le ofrece de beber. Ella toma. La repentina presencia del Güero que ha regresado y ve la escena lo incomoda un poco: la mano de Manuel ora se posa con delicadeza sobre la nuca de ella. Únete, lo invita. Dada la posición, el tercero hace lo consecuente: quita medias, calzón y vestido. Luego encuadra el culo de su novia y, con un empujón, completa la doble maniobra. A ésta le siguen otras formas de amalgamamientos y apetencias; y, para tranquilidad de Manuel, dirigidas con ímpetu para el gozo de ella, que se desenvuelve con la satisfacción de ser poseída a cuatro manos, par de bocas y un animal de dos cabezas. La última escena que refiere Manuel es la de él y ella cogiendo en una silla, de frente, y su novio sentado en el sillón contemplándolos. (“Como si estuviera viendo una partida de billar que comienza a aburrirle”, me dijo). El Güero llama a la cordura. Dice: como que ya es tarde, ¿no? Manuel no quiere perder ese momento. Le calienta muy duro tener encima y candente a la mujer del otro. Estimulados por lo que ya sienten que viene, meten celeridad. Ella busca sus ojos para atraparlos en el vaivén de sus cuerpos. Se miran con delicia. Antes de iniciar el descenso convulso al compás de las últimas exhalaciones, se besan con frenesí, con la desesperación de un hambriento cuando muerde una manzana. Caen extenuados. Antes de vestirse, Manuel besa por última vez, ahora con agradecimiento, a su cuñada, que se ha ido a sentar como quien acaba de ganar un juego de tenis. Se visten y van por la botella.
Manuel me termina diciendo que regresaron a buen tiempo a la fiesta y el sexo, “¡puta madre!, fue bendito”. Añade lascivo que cuando llegaron, la princesa del festejo seguía siendo princesa, y virgen. Los dos nos miramos y sonreímos… algún día.
Antes de despedirnos pensé que en su historia había valentía y estupidez. Yo lo felicité. Le dije que había entrado a las grandes ligas y que me mantuviera al tanto. Le deseé suerte y mucha de esa vida. No le pregunté a donde iría ahora que su esposa lo había mandado al carajo. No me interesaba y creo que a él tampoco.
Se ladró en el Número tres | Ladridos (0) por Alejandro Bellazetin S.No lo leíste entonces
este tejido
Hablaste
de la ficción en lo poético. Dijiste
que yo sabía y que sé
que formas parte
de un velo
re construido
(hablo de una revirginización)
como si el paso tuyo fuera un paso de araña
contrario a la
(violencia)
–una sutil
re
instalación
nido de cabellos
engarzado
de semen de miradas
sí nido
o filigrana
Preferiste
que nunca te mimara
mientras en esa típica escena de sillón
anduve sorda el semen que sembraba de sueños
Me largué
para ver la ciudad que me mostraste
–ciudad amada en ruinas
nadie antes caminó mis barriales o me llevó a su cama
de hotel A
medias y sucia de deseos.
Nadie (en) jugó
con aquél
vino
dulce
Qué importa la ficción si mordiste
tantas veces Lo cuello enamorado
Nadie
Sabe de mí lo (tan)
Tú
que te corres de pronto
gritas figuras
insultos escarabajos amatorios
que mentiste tes amos metiste como látigo-lluvia cuando me
acostadísima
miro
un librero
que se viene también:
letras
lomos
tu silencio es espa(l)da derruida (a)líquidada
óxido amargo
llaga
Aunque hubo rumbos que tomaran un acento más dulce
–más puente de semillas–
contra-la-púa de tu abrazo
verde y
amoratado
El cuarto oscuro de Natalia
Cuando llegué a su casa me contó que pensaba hacer un cuarto oscuro.
–¿Para qué?– le pregunté, con todos mis dieciséis años por delante.
–¿Para qué son los cuartos oscuros?, bobo.
–Qué bien, te vas a tomar en serio la fotografía.
–Te voy a tomar en serio a ti.
Una semana más tarde, apenas entré y sin darme tiempo de descargar la maleta, su mano me llevó directo al cuarto oscuro.
–¿Te gusta?
–Supongo que sí.
–Me falta conseguir recipientes para los químicos. ¿Me acompañas a comprarlos?
–¿Y los ejercicios de física?
–Que se jodan los ejercicios de física.
Acabado el cuarto lo inauguramos haciendo el amor. Fue quizá la tercera vez que sucedía entre los dos. O la número cincuenta, nunca pude recordarlo.
–Estoy enamorado de tu cuarto oscuro –le dije, como sólo los dieciséis años pueden hacerlo.
–No seas bobo, Juan –me respondió.
Después del cuarto oscuro todos eran lugares comunes. Tinas, cines, parques, murallas; las camas de nuestros padres; la cama de algún amigo.
–Primero nada. Y después, si ha de llegar, está el amor –citaba yo a veces.
–¿Qué te pasa, Juan? –respondía ella.
Un día se me paró al frente. Yo me dirigía, no sé por qué, a su cuarto oscuro.
–¿Para dónde crees que vas?
–A tu cuarto oscuro.
–¿Qué quieres de ahí?
–No sé, pero ahora que preguntas, se me ocurre decir que a vos.
–¡¿Estas loco?! ¿No ves que mi papá está?
La verdad era que lo habíamos hecho varias veces con su papá en la casa. De hecho, yo siempre pensé que esa era la idea de aquel bendito cuarto, y así se lo hice saber.
–Grosero –me dijo, bien cerca de mi cara.
Pasado un mes fuimos a un concierto. Cuando salimos era visible el estado de conmoción en el que éste nos había dejado. Ya en la calle, en medio de la gente, ella resolvió preguntarme qué iba a hacer con mi vida.
–¿Cómo así? –dije yo.
–Sí, qué quieres hacer; a qué te vas a dedicar. Yo voy a ser fotógrafa.
–Mmm… no sé.
–¿Cómo que no sabes? Algo tienes que hacer, ¿no?
–Supongo que sí, pero creo que aún no lo sé.
Ambos guardamos silencio, un silencio que en mi mente aproveché para repasar los caminos en los que entonces se dividían mis deseos: Leía a Pessoa, estudiaba algo de solfeo y armonía, y trataba de entender, con Vargas Llosa (¡mucho tiempo después sin él!), a qué hora se había jodido mi país. No estaba seguro de querer ir a la universidad. Incluso había intentado redactar varias apologías del
autodidactismo, todas dirigidas a mi padre, su rival declarado.
–Tal vez no haga nada –dije, tras un rato.
Como era de suponer, el cuarto oscuro acabó convertido en toda una sala de revelado. Se revelaban fotografías en blanco y negro para cursos que ella tomaba, fotografías de su familia, de sus amigos y, en general, de todo aquel que contribuyera a mantenerlo. Acabaron revelándose secretos, intrigas, trampas y, por último, la mismísima y desnuda naturaleza humana.
–¡Qué significa esto, Natalia! –gritó el padre, ante la visión de su propia hija empelota.
A mí se me ocurrió señalar que no era lo que parecía, que podía explicarlo, porque eran líneas que siempre había querido decir pero que requerían del tipo de interlocutor capaz de preguntar de la forma en que el papá de Natalia acababa de hacerlo.
–Mierda, Juan, ahora sí la cagamos.
–Sí, Nata, ahora sí que la cagamos.
Luego de aquel incidente no volvimos a usar el cuarto de fotografía juntos. Buscamos otras alternativas para nuestros encuentros, aunque éstos comenzaran a espaciarse en el tiempo.
–Yo creo que tú ya no me quieres tanto –le dije un día.
–No digas güevonadas, Juan, por favor.
–¿Por qué entonces cada vez lo hacemos menos? –me aventuré.
–Porque cada vez lo hacemos mejor.
Al día siguiente me levanté y con una urgencia que mi madre no demoró en calificar de infantil, compré el instrumento que había venido estudiando, gastándome hasta el último centavo que tenía e hipotecando por delante varios cumpleaños. Armé una banda de funk con otros amigos, porque para mi generación la política era una gorda fofa y leyendo a Pessoa intuía ya que no iba a llegar a
ningún lado. No eran muchas las opciones para impresionar a la niña del cuarto oscuro, así que desde el primer ensayo fui claro:
–Bueno, a trabajar porque en dos meses vamos a hacer nuestro primer concierto.
Mis compañeros de banda, músicos en prospecto también, pero bastante más serios que yo, no estuvieron de acuerdo:
–Paila, Juan. A trabajar sí pero de toques nada antes de un año.
Ensayábamos cuatro tardes a la semana. La mayoría del tiempo nos divertíamos. También podíamos acabar exhaustos. A Natalia la seguí viendo por ahí, porque la vida es un corral pequeño.
Siempre eran menos los caracteres usados en nuestra comunicación.
–¿Y qué has estado haciendo?
–No mucho, ¿y vos?
–Me contaron que tienes una banda.
–Sí.
–¿Cuando tocan?
–Como en un año.
Nunca nos presentamos. Una tarde el bajista y el baterista de la banda llegaron al ensayo con la noticia de que se iban a estudiar fuera del país. Todos saltamos de alegría y nos fuimos a celebrar. Yo guardé mi instrumento en su estuche. Un estuche duro color naranja caliente. Recuerdo que una vez ajustados sus cuatro seguros me quedé mirándolo con cuidado, como si tal gesto no jugara en lo evidente, como intuyendo lo que es para siempre.
Se ladró en el Número tres | Ladridos (0) por Juan ÁlvarezPerfectamente sabe que está muerto, antes de retirar la almohada
Se detiene en seco, mira sus manos morenas sobre la funda demasiado blanca. Cierra los ojos esperando recibir alguna señal. Sus latidos acelerados retumban en ambos cuerpos. Siente el miembro que se mantiene firme. No hay movimiento, ni tímidamente, del pecho lampiño de su amante. Pero no retira la almohada. Se mantiene a ojos cerrados, desea que algo suceda. Mueve la cadera con cautela, espera que así despierte, aunque sabe que está muerto. Movimientos ondulados, movimientos descendentes. Lentas espirales de fluidos tibios. El aroma insoportable del sexo de mujer. No retira la almohada mientras sus manos aprietan la funda de color blanco. Completamente concentrada, por primera vez, mantiene un ritmo musical. Cadencia. Ella gana la tibieza que él pierde. Ese cuerpo es completamente de ella, tendido para complacerla, hasta que se canse, sin tener que fingir. Le gustaba el silencio, pero él lo rasgaba preguntando “¿Te gusta?”. Él tuvo que morir para que ella se diera cuenta que lo amaba mientras inmóvil se mantiene debajo. Pasa un tiempo absurdo, un tiempo inverosímil. Ella sigue montada, a ratos descansa apoyada sobre la almohada que no retira. Tiene dentro de ella el firme miembro muerto. Sabe que esto no durara para siempre. Fuma sobre él. Cansada apoya su cabeza sobre esa almohada blanca. Cierra los ojos. Duerme. El cigarrillo resbala de entre sus dedos.
Se ladró en el Número tres | Ladridos (0) por IlallalíOración Ante el Cadáver de Elvis
Dios que habitas en los desiertos
En los espíritus perdidos por calles oscuras
Conduce a este cuerpo inerte hacia su paraíso
No lo dejes caer en la tentación de volver
A la vida a los aplausos y las anfetaminas
Si alguna vez lo viste en un bar totalmente
Borracho y maldiciendo la suerte de su corazón
Perdónalo porque nunca supo de lo que hacía
Si lo viste muchas veces hacer lo mismo
En miles de bares de Tennesse perdónalo
Mil veces porque así como lo hicieron rey
Murió muy solo
Igual como murió tu unigénito en el Gólgota
Yo sé que si lo oyeras bailarías sacudiendo
Esa barba sureña y cimbreando tu pelvis
Al compás del rock de tu cárcel infinita
Dios todopoderoso creador de la música de los 50’s
Oye esta que es la única que he compuesto
¡Arre Cabrón!
Bigote piteado mandón
¡Arre Mamón!
Un litro curado de piñón
MI VOZ
Sopla en la cresta del animal
La orden Q vamos a trotar
PUÉS
Mi tranco es Mi terreno
Y
Mi soga es Mi dinero
AMO
¡Sin freno R-Viento corazón!
¡Y trueno-relincho en tus labios un beso!
¡Aguardiente con limón!
CHARRO
K-se-la-pela toda R-Volución
XQ crea su tradición
¡Y-XQ-Kaballo-Q-RR-Para-Muerde!
PUÉS
YO
Vine a montar Caballo
No Perro
El malo de la cuadra
Estaba enfrente de Rogelio Buitornes, en su oficina nueva, en el último piso de un edificio elevado. Nos conocimos a los diez años, cuando a él lo estaban golpeando unos niños en la calle. Le salía sangre de la nariz, tenía el rostro cubierto de lágrimas y una mirada extraviada, llena de terror. No pude soportar sus ojos. Me metí en medio y a patadas y puñetazos alejé a los agresores. En ese entonces comenzó nuestra amistad.
Rogelio me extiende la caja de habanos y yo le rechazo el ofrecimiento con un gesto de la mano. Él toma uno, le corta la punta y se lo mete a la boca. Con calma le da unas pitadas. A través del ventanal de su oficina se puede admirar el valle de México. Desde esa altura, la ciudad parece tener un ritmo lento, como el de nuestra entrevista.
Antes, cuando éramos niños, el tiempo era infinito, no conocía de mediciones. Rogelio pasaba a mi casa para que lo acompañara en sus recorridos por la calle, en los que trataba de ganar un espacio sin límites ni propietario. Yo no entendía por qué él quería estar en ese ambiente que le era tan adverso, donde lo insultaban por su baja estatura, por ser un enclenque; donde se evidenciaba su torpeza para jugar futbol o cualquier actividad física. Después de algunos años me di cuenta de que yo le servía de intermediario, de guardaespaldas, debido a mi facilidad para llevarme bien con los demás o porque me agarraba a golpes con todo aquel que insultara a mi mejor amigo, a Rogelio el ocurrente, a Rogelio el de los discursos sin fin.
Tres personas entran y Rogelio los regaña a gritos. Los pone como ineptos. Ellos bajan la cara, dicen Sí, lo que usted mande. Al salir, siguen con la cabeza agachada. Rogelio aprieta el intercomunicador y ordena no ser molestado. Gira su silla hacia mí y comienza a preguntarme, todavía con los ojos inyectados de sangre, sobre los amigos de la colonia donde vivimos nuestra infancia, como si yo, a diferencia de él, los siguiera frecuentando.
Pude seguir siendo su protector, su intermediario con la calle; pero, como suele suceder, los hechos de la vida nos sobrepasaron. En mi caso, tuve que dedicarle más tiempo al estudio porque mi padre perdió el empleo y si quería entrar a la universidad no tenía más remedio que conseguir, y mantener, una beca. La colonia dejó de ser importante. Rogelio, en cambio, descubrió que ya no me necesitaba. Así como supo sacar provecho de mí, encontró la manera de detectar lo que los demás le podían aportar a él sin poner en peligro su integridad física. En poco tiempo, mi grupo de amigos lo adoptó como su líder.
Desde ese piso, la ciudad es como un océano calmo. Rogelio, en un discurso de quince minutos, se encarga de hacerme saber la existencia de corrientes peligrosas bajo el agua. Por eso es que te necesito, dice. En tu centro de investigación están los problemas, están los grillos, y ya se viene la designación del presupuesto, insiste, mientras tira la ceniza del puro en un recipiente de cristal.
A Rogelio lo dejé de frecuentar después de un viaje que hicimos él, los amigos de la colonia y yo a una playa en el Pacífico. Estábamos tomando cerveza y fumando marihuana alrededor de la fogata, a unos pasos del mar, cuando a mí se me ocurrió contradecir un argumento insignificante que decía Rogelio sobre política universitaria. Nadie se atrevía a hacer eso. La respuesta de Rogelio a mi señalamiento fue arrogante y buscaba ponerme en vergüenza ante los demás; quería demostrar que él era el más inteligente. Efectivamente, con su perorata, con su habilidad discursiva, logró convencer al resto del grupo de algo que, a todas luces, era mentira. Había triunfado sobre mí. Sin embargo, la derrota no me afectó: fue la mirada de rabia que reflejaron sus ojos al momento de hablarme. En esa playa, con la cabeza alterada por la bebida y la mota, Rogelio se convirtió de nuevo en el niño golpeado, sólo que ahora se defendía con palabras. Y a la zaga de su discurso, seguían estando sus ojos miedosos y desesperados. La escena me empezó a dar risa y me puse de pie. Me quité la camiseta. Rogelio, en un destello de lucidez, descubrió que tenía la intención de darle un golpe. Por eso se cubrió con los demás. Yo lo pensé otra vez y no encontré sentido en enfrentarlo, así que caminé hacia la orilla y me tiré al agua a nadar.
Y bien, ¿nos vas a apoyar? Tus opciones son pocas, dice. Medito sus palabras. Tiene razón. Mis opciones son pocas, pero tampoco se enmarcan en lo que él describe. Le extiendo la mano y lo dejo solo en su observatorio del valle de México. Cuando llego a la planta baja, salgo a la calle y tomo un taxi rumbo a mi centro de trabajo. Atrás queda su edificio, plantado en la tierra, como un faro que pretende cuidar el mar revuelto durante el día.
Por la noche me llama el director. Entramos a su oficina y cerramos la puerta para aislarnos del ambiente enrarecido que inició Rogelio, justo después de que me di media vuelta y lo dejé sin mi ayuda. El director me dice que si sé quién es el hombre poderoso que está detrás de esto. Yo le respondo que no hay ningún hombre poderoso sino un niño con ojos miedosos que ahora quiere ser el malo de la cuadra.
Se ladró en el Número dos | Ladridos (0) por René RoquetContingente patriótico
Los puercos salen de las camionetas y comienzan a gruñir satisfechos mientras se tragan los elotes enchilados y engullen la cerveza y el brandi que han descorchado para celebrar otra golpiza, otra matazón y otro robo; se paran junto a la carretera hozando en su propio estiércol, buscando los restos de los cerditos que han canibalizado con gran hambre y placer; búsqueda quizá inútil pero que no pueden eludir a riesgo de perder su reputación porcina, o de ser anegados por estiércoles ajenos.
Entre chistes soeces se ventosean mutuamente y rezan las preces de vírgenes y santos nacionales que han exaltado por sobre las deidades de perros o de lobos, rivales en el trabajo santo y divino del sacrificio de prójimos débiles, esos que disfrutan su papel de víctimas y que, ciertamente, ignoran las verdades de porquería. Y es que, aunque los puercos lo dicen en broma, saben que están condenados a ser los líderes de la grey, a darle sentido a los hurtos y a las verdades patriotas.
Modesto masca otra recompensa y la distribuye entre la piara limpia y fiel. Se han reunido en un pequeño cuarto, en privado, antes de salir a bailar con las guapas y limpias muchachas de la discoteca, que disfrutan del buen amor tanto como de la buena mesa que los puercos decidan obsequiarles como expectoraciones directas en las gargantas abiertas y receptivas.
La primera dama es la líder del grupo y a veces Modesto le permite sustituirlo en sus funciones de jefe y administrador del rebaño. Ella sabe que ha sido la elegancia de su cola lo que le ganó el apetito del puerco mayor; por eso es que ostenta orgullosamente el trasero retorcido de tornillo, sexi, brillante y duro como recién salido de la factoría.
Cuando Modesto está ocupado y la primera dama debe ausentarse también para abalanzarse en sus estampidas bestiales y asesinas, dejan de encargado al talentoso niño héroe; pequeño pero puerco como el que más, a quien le fascina cubrir su grasa y pelos con el lábaro patrio, subirse a la cama y arrojarse como gran berraco, inútilmente, dando tumbos hasta quedar sentado en el fondo de su porquería total.
El niño héroe exige pleitesía dictatorial aunque sea totalmente falsa. Él no se anda con sutilezas. “Quiero que me quieran aunque no me quieran. Pueden no quererme, ¡pero cuidado con que yo me entere! Tienen que saber actuar, por lo menos para que me convenzan a mí.” Tal actuación no sobrepasa naturalmente el nivel de lo bestial, por lo que cualquier inexperto puede potencialmente salir bien librado.
Alguien dirá que el grado de bestia del niño héroe inficiona a todas sus víctimas, pero él no lo ve así. Para él, lo bestial es el punto de partida hacia un alma menos animal, por eso es que se concibe como la base de la que la piara puede apartarse y medrar, a condición de que se enseñe a actuar democráticamente, o sea de acuerdo a las reglas de Modesto y su primera dama.
Lo que le jode al niño héroe es la falta de solidaridad. No entiende cómo los suyos deben rociar y ser rociados con ametralladoras y rifles porque a algún capitán poco inteligente se le ha ocurrido que puede desembarazarse así como así del niño héroe y de sus fieles soldados. Y para demostrar que no perdona tales atentados, organiza una emboscada más puerca y sanguinaria, porque solamente el ejemplo puede enseñar lecciones hasta a las almas más reacias y tercas.
—Si no aprenden por las buenas, pues a güevo.
Alega que no quiere el mal de nadie; que hay espacio y dinero y muertos para todos; que las vírgenes pueden ser repartidas equitativamente y que habrá suficientes y aún de sobra para todos. Pero hay que negociarlo cerdamente y con madurez marrana. No se puede andar atropellando las buenas costumbres, el sistema cuya refinación ha tomado tantos años, sangre y sacrificios. Después de todo, los que vinieron antes que nosotros nos mostraron el camino de la porquería, y seríamos unos necios si nos apartáramos de lo que ya sabemos que funciona a las mil maravillas, o casi.
En ocasiones la primera dama siente deseos bestiales de recostarse con el niño héroe y de ser repartida como virgen entre la fiel soldadesca. Entonces se derrama el sabroso alcohol y las buenas drogas, y todos disfrutan como santos y vírgenes en la privacidad de su hogareña cueva, como debe ser. El niño héroe alcanza la gloria; envuelve a la primera dama en los colores patrios y le lame delicadamente los deseos frustrados. La inmolación es inefable, como toda cosa sagrada, y los humildes y mansos soldados sienten íntima y personalmente la realización de la democracia.
Modesto duerme placenteramente el sueño de la gula virtuosa. Su hocico huele un poco mal, pero ello es normal y nadie puede culpar a nadie de hediondez cuando todos se saben parte de la manada. Entre ronquidos y eructos que no interrumpen su siesta, se mece en una hamaca y esconde bajo la almohada la pistola. No la guarda solamente para intimidar o defenderse de arteros ataques. El arma es una especie de insignia, como esos galones escandalosos que cualquier generalote ostenta como típico puerco; galones ganados al fragor de las batallas de tortura conducidas en difíciles celdas subrepticias y cochinas donde todo buen soldado debe entrenarse aplicadamente. No, Modesto prefiere el instrumento real, no el símbolo engañador. Él es un puerco total. Un puerco hecho y derecho.
Durante las escaramuzas el niño héroe canta su cochino himno. Lo tararea mientras pasa a cuchillo al acostumbrado número de víctimas; lo suspira de vez en vez mientras se traga la sangre e intestinos de los cerditos acribillados; lo sigue cantando como si fuera un requiescat al tiempo que abren la fosa común, la llenan de huesos y la tapan; labor de amor mediante la cual fertilizan las agostadas tierras lodosas por donde se deslizan sus camionetas cariñosas.
De vuelta en el palacio porqueril, el niño héroe azota la cola de la primera dama, que aúlla y gruñe de satisfacción mientras se imagina la siguiente acometida del siguiente buen soldado, que estará ataviado con plumas y espinas patrióticas. Modesto preside la celebración y se le ocurre de pronto que la conducta del niño héroe es un tanto impertinente. Es hora quizá de precipitarlo de su cerda cumbre y de elevar a otro marrano al puesto de lugarteniente. Piensa que el turno le toca al lechón del rebaño, aunque cree que cualquier otra bestezuela puede suplir el papel.
Por su parte el niño héroe, montado en las nalgas de la primera dama, contempla al gran puerco y hace planes para tragárselo linda, bestial y marranamente.
Se ladró en el Número dos | Ladridos (0) por Eduardo RuizLucha de Gigantes
Cuando nació lo tenía perfectamente claro: la vida no es para quedarse recogiendo las migajas de las estrellas. En otras anteriores había desperdiciado su existencia y tenía que repetirla una y otra vez, volver a nacer hasta que el orden del caos interior le diera la oportunidad de descansar en paz. No descansar en el cielo, sino en lo que el ser humano se imagina: esa paz dentro de este mundo construido para hacernos tropezar. Ese pensamiento le atravesaba el cráneo cuando trataba de sacarlo, sin más conciencia que la herencia de su vida pasada, la última; porque recuerda haber visto su historia minutos antes de morirse. Sintió un pequeño dolor, y luego unas manos que lo estrujaron; y sintió el frío brioso en su cuerpo infinito y mínimo; pero no pudo hablar porque el proceso de cambiar los códigos le ha hecho olvidarlos. Lo sabía porque nadie entendía el proceso tan doloroso que es pasar de una vida a otra. Ahora que la luz le lastima no tiene tiempo para pensar en esas cosas, porque sabe que regresó sólo para finalizar con lo propio. Con aquello que no ha podido concretar. Todavía le queda claro que en la vida anterior había nacido de una familia de clase media alta en el seno de la tranquilidad, y que creció como cualquier otro niño; fue a la universidad y ahí terminó la carrera de ingeniería electrónica; y que no era el único, pero sí de los pocos en los años setenta que tuvo la fortuna de ser de los profesionistas con un futuro prominente; y que murió sin hacer nada que realmente valiera la pena, siendo padre de dos niños y dueño de un patrimonio considerable. No pudo saber que su fortuna se convirtió en nada tres meses después debido a una devaluación que desgarró a la clase media de su país. El pequeño recuerda mientras le limpian la flema de las vías respiratorias que, en el momento de descubrir el verdadero motivo de su existencia, le cayó el rayo de la desesperación y murió de un infarto a los treinta y cinco años, emocionado por “Lucha de Gigantes”, que acababa de escuchar en una cinta que le prestó un amigo en el trabajo. Eso debería haberle calmado, pero en su lugar le angustió al grado de mandarlo a reconstruirse. Lo recordaba, mientras sentía el dolor de unos tubos que le propinaban oxígeno como trágico desenlace en la gramática de sus descubrimientos. Entonces el recuerdo de la vida anterior se le vino encima restando interés a lo recién visto en sombras. Se pudo ver en el sin sentido de la vida y la crueldad de los hombres con otros hombres y pensó que lo que pasaba en el mundo no era correcto, que los hombres deben amarse entre sí porque la vida no tiene sentido de otra manera; pero en su lugar el hombre ha dedicado su historia a expulsar la buena voluntad como uno orina la cerveza; pensó en las buenas acciones de unos cuantos y llegó a enfermarse del alma; por eso pensó que las cosas debían cambiar y uno debía darles sentido. Sintió el odio infinito por los malos hombres y lástima por las víctimas de ellos. Fue en ese instante que vino el dolor apretujando sus intenciones que pretendió abrazar porque algo o alguien le dijo que tenía que irse, pero no quería, porque necesitaba la oportunidad de darle un giro radical a su existencia; tenía que enseñarle al hombre a ser bueno con sus semejantes antes de que el mundo se devore como la serpiente que desaparece cuando se devora a sí misma. Realmente creyó en las posibilidades de los hombres. Él mismo sería el ejemplo perfecto, y recordó a Gandhi y a otros de su tamaño. El dolor se le corrió del brazo al pecho y del pecho al resto de su cuerpo, se le doblaron las piernas y defecó en el momento. Uno de esos buenos potenciales hombres lo miró caer en la banqueta y después no supo si el hombre le ayudó o no. La duda se fue consigo. Ahora que vuelve a nacer tiene el derecho infinito de llevar a cabo su misión con éxito, se lo merece después de tantas vidas destrozadas, propias y ajenas, porque el hombre a su paso tiende a la destrucción, y siempre tiene la oportunidad de tomar un hacha y mandar todo al demonio, como también la tiene para redimirse. Cuando el niño crezca llegará lejos, será ingeniero otra vez, tendrá una vida feliz, y mientras viva olvidará este momento, con la seguridad que sus padres le brinden, mientras él empiece a tener uso de razón, y cuando ya la use toda, no podrá saber lo que significa ese momento lúcido en el que ha nacido de nuevo, y lo único que recordará será el odio por todo lo que él pobre diablo considere malo o equivocado…
Se ladró en el Número dos | Ladridos (0) por Javier Mariano Rubio